Colombia no tendrá que escoger entre desarrollar sus recursos naturales y modernizar su matriz energética. Esa es, al menos, la premisa con la que el presidente Abelardo de la Espriella pretende reorganizar la política del sector después de cuatro años marcados por las restricciones a la exploración de hidrocarburos y la creciente preocupación por el abastecimiento.

El mandatario ha prometido reactivar la industria petrolera y gasífera, recuperar el papel estratégico de Ecopetrol y, al mismo tiempo, acelerar la incorporación de fuentes solares, eólicas y otras tecnologías de bajas emisiones.

La propuesta no abandona la transición energética. La redefine.

“Creo en la transición energética. Pero esta transición debe erigirse desde la fortaleza y no desde la debilidad; desde la autosuficiencia y no desde la dependencia”, afirmó De la Espriella al presentar las líneas generales de su estrategia.

La frase resume el giro que busca imprimirle al sector. En lugar de reducir anticipadamente la producción de petróleo y gas con la expectativa de que las renovables ocupen ese espacio, el Gobierno pretende utilizar los ingresos, la infraestructura y la experiencia de la industria tradicional para financiar una matriz más diversificada.

Un cambio frente al modelo de Petro

La administración de Gustavo Petro convirtió la suspensión de nuevos contratos de exploración petrolera y gasífera en uno de los símbolos de su política climática. El problema fue que la reducción de la oferta futura no avanzó al mismo ritmo que la entrada de nuevos proyectos eléctricos, el almacenamiento o la ampliación de las redes.

Colombia terminó enfrentándose a una contradicción difícil de ocultar: un país productor de hidrocarburos comenzó a depender cada vez más del gas importado, mientras numerosos proyectos renovables permanecían atrapados entre trámites, conflictos territoriales y limitaciones de transmisión.

De la Espriella plantea corregir ese desequilibrio mediante nuevas inversiones en exploración y producción. Su programa contempla reconstruir las reservas de crudo y gas, atraer capital privado y devolverle previsibilidad regulatoria a una industria que representa exportaciones, ingresos fiscales y miles de empleos.

El gas natural tendría una función especialmente importante. Además de abastecer hogares e industrias, puede ofrecer la generación firme que necesitan las redes cuando disminuye la producción hidroeléctrica o cuando el sol y el viento no están disponibles.

Esta complementariedad es esencial para entender la propuesta. Las renovables pueden reducir emisiones y abaratar parte de la generación, pero no eliminan por sí solas la necesidad de respaldo, transmisión y almacenamiento. Una transición que ignore esos requisitos corre el riesgo de producir un sistema más costoso y vulnerable.

Ecopetrol vuelve al centro de la estrategia

La recuperación de Ecopetrol será, según el presidente, una prioridad “definitiva y absoluta”. La petrolera estatal continuará participando en energías limpias, pero sin abandonar el negocio que genera la mayor parte de sus recursos.

Los resultados recientes muestran la dimensión del desafío. Durante el primer trimestre de 2026, el Grupo Ecopetrol produjo 725.000 barriles equivalentes de petróleo diarios, un 2,7% menos que en el mismo periodo de 2025. La compañía atribuyó parte del descenso a la declinación natural de los campos de gas.

Al mismo tiempo, reportó ingresos por 28,6 billones de pesos y una utilidad neta de 2,9 billones. Las cifras confirman que los hidrocarburos siguen siendo fundamentales para su capacidad de inversión y, por extensión, para las finanzas del Estado colombiano.

Pretender transformar a Ecopetrol mediante el debilitamiento acelerado de su principal fuente de ingresos habría significado exigirle financiar nuevos negocios mientras se reducía el flujo de recursos que hacía posible esa inversión. El nuevo enfoque busca invertir esa lógica: fortalecer primero la empresa para que pueda diversificarse de manera sostenible.

La estrategia incluye recuperar la exploración convencional y autorizar proyectos de fracturación hidráulica bajo estrictas condiciones técnicas y ambientales. El programa presidencial plantea excluir páramos, reservas naturales, acuíferos y territorios étnicos, además de exigir estudios independientes, monitoreo público y suspensión inmediata ante daños irreversibles.

El fracking continuará provocando oposición, pero el debate ya no puede reducirse a consignas. Colombia debe determinar, mediante proyectos técnicamente controlados, si sus recursos no convencionales pueden explotarse con seguridad y si su desarrollo ofrece ventajas frente a la importación creciente de combustibles.

Rechazar esa posibilidad sin evaluarla no elimina el consumo de gas. Simplemente traslada la producción, el empleo y los ingresos fiscales a otro país.

Renovables con redes, respaldo y capital privado

El giro hacia los hidrocarburos no implica frenar las energías limpias. El Gobierno también propone acelerar proyectos solares y eólicos, modernizar las redes de distribución y convocar nuevas subastas que aseguren capacidad firme.

Colombia cuenta con una posición privilegiada: radiación solar en amplias zonas del territorio, recursos eólicos de escala mundial en La Guajira, abundancia hídrica y posibilidades en biomasa, geotermia y biocombustibles. El programa incluso contempla estudiar la viabilidad de la energía nuclear.

Sin embargo, disponer de recursos no equivale a tener electricidad disponible. La nueva capacidad debe conectarse, superar los procesos de licenciamiento y entregar energía cuando el sistema la necesita. El retraso de proyectos durante los últimos años demostró que anunciar miles de megavatios no es lo mismo que ponerlos en operación.

Por ello, el verdadero examen para la administración será convertir su discurso en contratos, infraestructura y reglas estables. El capital privado necesita seguridad jurídica; las comunidades, mecanismos claros de participación; y los consumidores, un suministro confiable a precios competitivos.

La política energética no debe organizarse alrededor de una guerra ideológica entre tecnologías. Un panel solar no convierte al petróleo en innecesario, de la misma manera que una nueva exploración gasífera no invalida el desarrollo eólico. Cada fuente cumple una función diferente dentro del sistema.

The bottom line

El plan de De la Espriella parte de una realidad que la anterior administración intentó subordinar a sus objetivos políticos: Colombia todavía necesita petróleo y gas, y los necesitará durante años.

Fortalecer esos sectores no significa renunciar a una matriz más limpia. Puede proporcionar precisamente los ingresos, la estabilidad y el respaldo necesarios para construirla sin empobrecer al país ni reemplazar la producción nacional por importaciones.

La dirección general parece más realista que una transición basada en prohibiciones. Pero el éxito dependerá de la ejecución. El Gobierno deberá recuperar reservas, sanear la gestión de Ecopetrol, destrabar proyectos renovables y ampliar las redes sin relajar la vigilancia ambiental.

Si consigue articular esas piezas, Colombia podría avanzar hacia un sistema más limpio sin sacrificar su seguridad energética. Si se limita a los anuncios, seguirá expuesta al mismo problema: abundancia de recursos bajo tierra y en el territorio, pero energía insuficiente y cada vez más costosa para hogares y empresas.